La copa de vino en la mesa, el cigarrillo en la mano y el vacío que se llena con la nada.
Tal vez sola en bastante tiempo, no se siente tan bien, creéme. Con ganas de nada, ni de mirar tele ni de dormir…lo único que puedo hacer es escuchar música que me calme y me prepare para lo que viene: esos fantasmas de siempre dando vueltas, esa sensación de soledad, ese vacío existencial (y espiritual).
El humo del cigarrillo que se ramifica, los sahumerios que llenan la casa, y tal vez yo en algún lugar perdida en la inmensidad (¿en la inmensidad de qué? no sé, perdida, sin rumbo, sin norte, sin espacio, sin aire).
Todas esas cosas flotando, sin poder manejarse, quizás me haga bien quizás me haga mierda, quizás pueda sostenerlo y quizás no se sostenga con nada.
Sentada frente a la máquina me siento menos sola, puedo pretender que no escucho el silencio, que no retumba ningún eco, que no espero la nada. Pero eso es lo que se avecina, y para qué dilatarlo, no se enfrenta huyendo, no se intenta sin intentar.
Aún así las cosas pasan y están en el nudo de mi garganta, en la angustia latente, en la habitación vacía, en el examen sin dar y en el corazón sin darse.
Ahí en la esquina, en el rincón que nadie quiere ver: todas las sombras juntas, haciendo fuerza y ganan.
De este lado toda la luz del otro lado del túnel: dando batalla, esperando (¿esperando qué? tampoco lo sé, anhelando supongo, adquiriendo más luz de la que se pueda imaginar).
Todas las metáforas para entender una sola cosa: a veces hay que aprender a estar sola y nada es tan fácil como parece pero tampoco tan difícil (y el título es muy trillado)
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