Caminar por la cornisa, a un lado el piso a dos metros, del otro 40 niveles de hormigón, acero y courtain wall, la calle, los autos, las personas…saltar al vacío, sentir la indescriptible adrenalina y el suelo todavía lejos.
Nunca llega el golpe, voy flotando, sintiendo que el aire es mío (qué sensación tan irreal esa), sin paracaidas sigo bajando pero el fondo ya no es la ciudad…siento que caigo en un abismo que no tiene fondo, todo lo que veo es oscuridad, negro y más negro.
Lo irónico es que no tengo miedo, la sensación me embarga por completo pero no es overwhelming, la puedo manejar, puedo disfrutarla.
Tal vez porque la resistencia del aire crece o porque mi cuerpo se hace más liviano, la velocidad con la que me desplazo cesa poco a poco hasta que aterrizo en una especie de lecho, algo mullido que me contiene, en el que me hundo.
De repente una luz tenue, el cielo abierto, una leve lluvia empapándome y una sensación nueva, sin embargo conocida, de estar descubriendo algo por primera vez, de mirar con nuevos ojos.
A veces traspasamos la línea sin siquiera saber que estaba ahí, sin suponer que debíamos pasar a algún lado, otras tantas te das cuenta cuándo hay que animarse a pasarla y empezar a caminar para el lado opuesto del que venias, sin mirar atrás.
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